viernes, 13 de octubre de 2023

EL TEATRO COMO TRINCHERA (ensayo sobre Proyecto Pruebas de Matías Feldman)

 Debemos dejar de estrenar al menos por dos años. ¿Alguien osaría aceptar tamaño desafío sin temerle al olvido o al descarte en una ciudad que ofrece más de quinientas funciones teatrales por semana?, ¿es acaso posible ensayar sin estrenar?, ¿se puede solamente investigar y no estrenar? Son variables impensadas para la aplanadora del quehacer teatral que en el nuevo milenio demanda una fórmula tan voraz como constante: crear-ensayar-hacer prensa-estrenar-hacer funciones-crear-ensayar-hacer-financiar-estrenar-crear-hacer-crear-estrenar-hacer-hacer, y así de seguido. Sin embargo, a contramano de esta inercia, hay un grupo dispuesto a intentar lo imposible. Dejando la vorágine de estrenos en suspenso, se asoma el Proyecto Pruebas sostenido desde hace una década con mucha solvencia, perseverancia y convicción por el dramaturgo, director y docente Matías Feldman junto a su compañía Buenos Aires Escénica.

El proyecto es una búsqueda y un camino de investigación que utiliza los elementos propiamente escénicos para conocer ciertas variables que develan la forma en que opera el funcionamiento perceptivo. En este laboratorio teatral una pregunta pone en marcha un proceso de experimentación que deviene en montaje por pura voluntad de “probar” con la escena. Desde su surgimiento, en 2013, las diversas “pruebas” versaron sobre temas tales como espectadores que son observadxs por la ficción, personajes dentro de obras realistas que no comprenden ni se adaptan a las convenciones escénicas, escenas simultáneas híper-ralentizadas y, en 2022, lo que el director dio en llamar “un teatro vertical” en su más reciente producción, La traducción (Prueba 8).

Digestión de larga duración.

En las últimas décadas, el teatro, al igual que otros consumos culturales, se vio impregnado por una avidez productiva. Empujado por formas de entretenimiento cada vez más on-demand e intramuros, el arte teatral se las ha visto en figurillas para seguir atrayendo público deseante hacia su cuerpo artesanal, singular y vivo. A pesar de los embates tecnológicos y el frenesí de ficciones en múltiples formatos, el arte dramático ha persistido obstinadamente pero no sin padecer algunas estocadas. Resultado de esos resquicios que el capitalismo cultural va dejando a su paso, se pueden observar obras estrenadas con elencos agotados y diseminados en diez espectáculos diferentes en simultáneo, puestas que reproducen clásicos como certeza de afluencia de público, unipersonales como única posibilidad frente a agendas irreconciliables, y el colmo de la fiebre de la rentabilidad artística: obras de quince minutos para una veintena de espectadores en medio de comida chatarra y bebidas estimulantes que pretenden garantizar diversión segura.   

Un fantasma recorre a los y las teatristas en nuestra escena contemporánea. Pero no se trata de la erupción que empuja a la revolución liberadora de los oprimidos, sino más bien lo contrario. Se trata del más elemental temor al olvido. No estrenar equivale a una sentencia de desaparición, de inexistencia. Y es un riesgo que pocos están dispuestos a correr porque en definitiva montar espectáculos es la manera de contar la propia historia y de dejar huella. La pregunta es acaso si hay tiempo -en esa espiral que todo lo deglute- para reflexionar sobre cuál es el relato singular que se desea narrar o si acaso la forma de la huella es la única posible.     

Origen de resistencia.

“Hoy el teatro no sirve, ha dejado de ser utensilio”, sostiene provocador el maestro Mauricio Kartun. Y es que, en el mundo de la utilidad mercantil, el teatro tiene poco de servicial. Sin embargo, precisamente por eso, se ha vuelto indispensable. Pues es justamente su aparente condición de obsoleto, arcaico e inservible lo que lo volvió irremplazable, y su esencia constitutiva, el cuerpo vivo del actor en escena, lo que lo vuelve el material más preciado. Bien lo saben Feldman y su troupe.

En 2010 en Buenos Aires, muchxs artistas gestaban -además de sus proyectos escénicos- sus propias salas teatrales. Agobiadxs por un estado de emergencia, se nuclearon en torno al colectivo ESCENA (Espacios Escénicos Autónomos) compartiendo principios comunes: la autogestión, la solidaridad y la horizontalidad. Esa identidad les permitió desarrollar un ámbito de lucha y pensamiento tejidos de manera plural. En su primera declaración programática anunciaban: “…somos espacios más allá de las paredes e, incluso, sin ellas. Porque ahí donde se milita intensamente, donde hay vínculo, donde hay experimentación y búsqueda, hay espacio”. Y uno de ellos era Bravard, la usina de investigación y producción cofundada por Feldman junto a su colega Santiago Gobernori, desde la cual han creado decenas de obras, ciclos e instancias de reflexión, y que se convirtió en un semillero fértil de pensamiento escénico. De ese germen colectivo y pujante también se nutrió el Proyecto Pruebas.

Desde su lanzamiento en 2013, el proyecto recorrió un camino variopinto sobre cuestiones del quehacer escénico, los modos de representación, las convenciones y la percepción del espectador. Y se convertiría a lo largo de diez años en un inmenso proyecto que hoy es faro ineludible en la escena contemporánea local. Las “pruebas” devinieron en proto-obras al comienzo, y en ampulosas producciones en las salas más destacadas, después, incluyendo la más reciente en 2022 de la serie La Traducción (Prueba 8), en el Teatro Nacional Cervantes, marcando un hito con una abrumadora repercusión de público, a pesar de sus desmesuradas tres horas de duración en plena era de consumo fast food y tiktok de 280 caracteres.  

Mezcla de obsesiones y lucha se erige este refugio que conmueve por su impetuosa obstinación, encabezado por un artista-científico que se sumerge a indagar por pura pasión sin certezas. Decía F. Schiller en pleno romanticismo del siglo XIX que “la belleza debería revelarse como una condición necesaria de la humanidad” para resolver las desavenencias políticas y generar -no ya una sociedad sino- una comunidad superior y libre. Quizás sea difícil afirmar hoy la proclama romántica, pero desde este reducto abrigamos su convicción como horizonte y utopía. Caminamos un paso y ella se aleja. Y es que para eso nos sirve: para caminar. En el vasto paisaje del Proyecto Pruebas, la perturbadora poesía encarnada -puesta en carne- que proclama el maestro Kartun cobra su pleno sentido. Inmensidad que fecunda la escena. Rito que late, subversivo y vital.

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