Erase, todos los juegos el juego
Por Ana
Florencia Lindenboim
Erase, de Mónica Cabrera, Marcos Krivocapich y Gustavo Tarrío. Dirigida por Gustavo Tarrío. Con Mónica Cabrera, Marcos Krivocapich, Nico Levin, Milva Leonardi, Carolina Saade, Donna Tefa Sanguinetti, Denisse Van Der Ploeg. En el teatro del Pueblo. http://www.alternativateatral.com/obra71003-erase
En el origen fue el fuego. Y en el final,
la destrucción. En medio de ambos, la historia humana toda. Tamaño desafío se
propone contar Erase, la última
propuesta dirigida por el talentosísimo y siempre lúdico Gustavo Tarrío. Muñida
casi de la misma troupe que integró su exitosa criatura prepandémica -La Guiada en el Teatro Nacional
Cervantes-, esta nueva pieza le hace honor a todo lo que invoca: intelectuales,
filósofoxs, feminismos, juego, ficciones, teatro.
Re-estrenada en segunda temporada, la obra
pone en escena su propia versión de Erase
una vez… el hombre, aquel cómic basado en una serie de animación francesa
que procuraba ser una suerte de enciclopedia ilustrada sobre el origen de la
humanidad. En la oscura década del 70, en Argentina, se comercializó en formato
de historieta pero fue rápidamente intervenida por la iglesia católica, y aquel
folletín resultó en una mezcla grotesca de creacionismo religioso, neardentales
y sapiens. De todo eso está hecha Erase.
En el origen fue el juego (en el origen
del teatro, por cierto). Y así, sin marca convencional de inicio -ni apagón, ni
telón ni señal alguna- la obra empieza empezando. Tarrío juega al teatro y lo
hace en toda su dimensión. Porque al igual que en Esta Canción (2018), Todo
Piola (2015) o en la aún más antigua Decidí
Canción (2004), el director mezcla todos los condimentos para un collage de
sello propio. Coreografías, vestuarios de gimnastas, pieles cavernícolas,
garrotes, sonidos guturales y proclamas politicas coexisten. La obra entonces
inicia con sus seis intérpretes, igualados en vestuario, interpelando
directamente al público. Son ilustres pensadores que nos hablan de frente y
postulan sus teorías. Se presentan, se autoproclaman y sin cambio de vestuario
son Darwin, Freud, Marx, Engels, Levi Strauss, Arendt o Butler. El juego se
inaugura. A eso le sigue una danza frenética sobre una tarima que será más
tarde el retrato oval de un historiador, para luego dar lugar a un monólogo
perturbador en torno a las reivindicaciones feministas. Todo pareciera
transcurrir en un mismo instante. O en un instante sin tiempo. La razón y el
delirio -Apolo y Dionisio- a puro ritual danzante. Es que el teatro –decía
Artaud- es poesía en el espacio y su lenguaje es mucho más que la palabra; es música,
danza, plástica, arquitectura, pantomima, y debe penetrar en los sentidos. Entonces,
si alguien busca sentarse en la butaca esperando encontrar moralejas o
comodidad narrativa, no será Erase ese
lugar. Esa sería serena arena, no será Erase
esa serenidad.
En el origen fue –también- el lenguaje. Ese
que permitió a los Sapiens empujar a las demás especies humanas hacia el olvido
e imponerse ganando dominio sobre todo lo demás. Esa magnífica habilidad que
tenemos los humanos de imaginar colectivamente y crear(nos) ficciones gracias
al lenguaje. De esta pomposa hipótesis -desarrollada en Sapiens, el genial libro varias veces best seller del historiador israelí Yuval Noah Harari- también está
hecha Erase. Tarrío y su troupe saben
muy bien de la maestría hechicera de la ficción. Y por eso están presentes, como
quería Artuad, todos los ingredientes de la escena: los cuerpos adquieren su
pleno sentido (sin ser solamente objetos parlantes que emiten textos), los
colores chillantes en vestuarios y los tonos de las luces narran tanto o más
que las palabras, el ritmo de sketch y la parodia kitch como telón de fondo constante. Todo ello está presente en Erase.
En el final fue, quizás, la destrucción. Eráse -con acento en la A como lo
enuncia la presentadora (una muy dúctil Milva Leonardi)- advierte lúdicamente sobre
la posibilidad de “borrarnos” de la faz de la tierra. Con una enumeración
infinita de genocidios, el epilogo final funciona como oráculo trágico. El
término erase (en inglés, borrar) nos
previene sobre la inminente posible extinción definitiva. La obra es finalmente
un gesto también político que pone en evidencia –y en escena- lo inagotable del
delirio. El juego, siempre el juego.
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