Debemos dejar de estrenar al menos por dos años. ¿Alguien osaría aceptar
tamaño desafío sin temerle al olvido o al descarte en una ciudad que ofrece más
de quinientas funciones teatrales por semana?, ¿es acaso posible ensayar sin
estrenar?, ¿se puede solamente investigar y no estrenar? Son variables
impensadas para la aplanadora del quehacer teatral que en el nuevo milenio
demanda una fórmula tan voraz como constante: crear-ensayar-hacer
prensa-estrenar-hacer funciones-crear-ensayar-hacer-financiar-estrenar-crear-hacer-crear-estrenar-hacer-hacer,
y así de seguido. Sin embargo, a contramano de esta inercia, hay un grupo
dispuesto a intentar lo imposible. Dejando la vorágine de estrenos en suspenso,
se asoma el Proyecto Pruebas sostenido desde hace una
década con mucha solvencia, perseverancia y convicción por el dramaturgo,
director y docente Matías Feldman junto a su compañía Buenos
Aires Escénica.
El proyecto es una búsqueda y un camino de investigación que utiliza los
elementos propiamente escénicos para conocer ciertas variables que develan la
forma en que opera el funcionamiento perceptivo. En este laboratorio teatral
una pregunta pone en marcha un proceso de experimentación que deviene en
montaje por pura voluntad de “probar” con la escena. Desde su
surgimiento, en 2013, las diversas “pruebas” versaron sobre temas tales como
espectadores que son observadxs por la ficción, personajes dentro de obras
realistas que no comprenden ni se adaptan a las convenciones escénicas, escenas
simultáneas híper-ralentizadas y, en 2022, lo que el director dio en
llamar “un teatro vertical” en su más reciente producción, La
traducción (Prueba 8).
Digestión de larga duración.
En las últimas décadas, el teatro, al igual que otros consumos
culturales, se vio impregnado por una avidez productiva. Empujado por formas de
entretenimiento cada vez más on-demand e intramuros, el arte
teatral se las ha visto en figurillas para seguir atrayendo público deseante
hacia su cuerpo artesanal, singular y vivo. A pesar de los embates tecnológicos
y el frenesí de ficciones en múltiples formatos, el arte dramático ha
persistido obstinadamente pero no sin padecer algunas estocadas. Resultado de
esos resquicios que el capitalismo cultural va dejando a su paso, se pueden
observar obras estrenadas con elencos agotados y diseminados en diez
espectáculos diferentes en simultáneo, puestas que reproducen clásicos como
certeza de afluencia de público, unipersonales como única posibilidad frente a
agendas irreconciliables, y el colmo de la fiebre de la rentabilidad artística:
obras de quince minutos para una veintena de espectadores en medio de comida
chatarra y bebidas estimulantes que pretenden garantizar diversión
segura.
Un fantasma recorre a los y las teatristas en nuestra escena
contemporánea. Pero no se trata de la erupción que empuja a la revolución
liberadora de los oprimidos, sino más bien lo contrario. Se trata del más
elemental temor al olvido. No estrenar equivale a una sentencia de
desaparición, de inexistencia. Y es un riesgo que pocos están dispuestos a
correr porque en definitiva montar espectáculos es la manera de contar la
propia historia y de dejar huella. La pregunta es acaso si hay tiempo -en esa
espiral que todo lo deglute- para reflexionar sobre cuál es el relato singular
que se desea narrar o si acaso la forma de la huella es la única posible.
Origen de resistencia.
“Hoy el teatro no sirve, ha dejado de ser utensilio”, sostiene
provocador el maestro Mauricio Kartun. Y es que, en el mundo de la utilidad
mercantil, el teatro tiene poco de servicial. Sin embargo, precisamente por
eso, se ha vuelto indispensable. Pues es justamente su aparente condición de
obsoleto, arcaico e inservible lo que lo volvió irremplazable, y su esencia
constitutiva, el cuerpo vivo del actor en escena, lo que lo vuelve el material
más preciado. Bien lo saben Feldman y su troupe.
En 2010 en Buenos Aires, muchxs artistas gestaban -además de sus proyectos
escénicos- sus propias salas teatrales. Agobiadxs por un estado de emergencia,
se nuclearon en torno al colectivo ESCENA (Espacios Escénicos
Autónomos) compartiendo principios comunes: la autogestión, la solidaridad y la
horizontalidad. Esa identidad les permitió desarrollar un ámbito de lucha y
pensamiento tejidos de manera plural. En su primera declaración programática
anunciaban: “…somos espacios más allá de las paredes e,
incluso, sin ellas. Porque ahí donde se milita intensamente, donde hay vínculo,
donde hay experimentación y búsqueda, hay espacio”. Y uno de ellos era Bravard,
la usina de investigación y producción cofundada por Feldman junto a su colega
Santiago Gobernori, desde la cual han creado decenas de obras, ciclos e
instancias de reflexión, y que se convirtió en un semillero fértil de
pensamiento escénico. De ese germen colectivo y pujante también se nutrió
el Proyecto Pruebas.
Desde su lanzamiento en 2013, el proyecto recorrió un camino variopinto
sobre cuestiones del quehacer escénico, los modos de representación, las
convenciones y la percepción del espectador. Y se convertiría a lo largo
de diez años en un inmenso proyecto que hoy es faro ineludible en la escena
contemporánea local. Las “pruebas” devinieron en proto-obras al comienzo, y en ampulosas
producciones en las salas más destacadas, después, incluyendo la más reciente
en 2022 de la serie La Traducción (Prueba 8), en el Teatro Nacional
Cervantes, marcando un hito con una abrumadora repercusión de público, a pesar
de sus desmesuradas tres horas de duración en plena era de consumo fast
food y tiktok de 280 caracteres.
Mezcla de obsesiones y lucha se erige este refugio
que conmueve por su impetuosa obstinación, encabezado por un artista-científico
que se sumerge a indagar por pura pasión sin certezas. Decía F. Schiller en
pleno romanticismo del siglo XIX que “la belleza debería revelarse como una
condición necesaria de la humanidad” para resolver las desavenencias políticas
y generar -no ya una sociedad sino- una comunidad superior y libre. Quizás sea
difícil afirmar hoy la proclama romántica, pero desde este reducto abrigamos su
convicción como horizonte y utopía. Caminamos un paso y ella se aleja.
Y es que para eso nos sirve: para caminar. En el vasto paisaje del Proyecto
Pruebas, la perturbadora poesía encarnada -puesta en carne- que
proclama el maestro Kartun cobra su pleno sentido. Inmensidad que fecunda la
escena. Rito que late, subversivo y vital.